Reconocer la igual dignidad de cada ser humano, en especial de aquellos más abandonados, despreciados, pobres y excluidos de la sociedad, pareciera ser una verdadera locura en un mundo que aplaude el éxito económico, el bienestar material, la agresividad en los negocios y la supremacía social, cultural y étnica de algunos por sobre los otros. La realidad de la pobreza en Chile, específicamente aquella que conduce a la exclusión, es decir a la ruptura de vínculos sociales y a la privación de oportunidades de desarrollo, sigue siendo escandalosa en una sociedad rica, a lo que se suma una desigualdad en la distribución de los ingresos aún indignante y generadora de un elevado malestar social.
En este contexto de injusticia social requerimos movilizarnos y para ello hay que partir por revisarnos a nosotros mismos, en efecto ¿cómo miramos a quienes hoy están en situación de exclusión social y pobreza?, es decir ¿qué mirada tenemos acerca del joven marginado, del trabajador que recibe un salario injusto, del inmigrante discriminado y explotado, de la mujer jefa de hogar en pobreza y viviendo aún en campamentos, de quien está en situación de calle,…?, ¿los conocemos, aceptamos y queremos?. San Ignacio no señalaba que “nuestro compromiso de seguir a un Señor pobre nos hace de manera del todo natural amigos de los pobres”, es allí donde la mirada de carencia e inhabilidad termina por destruir la dignidad mientras que aquella de igualdad nos permite encontrarnos como hermanos, reconocernos y querernos como personas esencialmente similares.
Desde la mirada que tenemos hacia el otro –pobre y marginado- se modela luego el vínculo que establecemos, por lo tanto es también oportuno reflexionar acerca de ¿qué relación sostenemos con aquellos más excluidos y abandonados de nuestra sociedad?, ¿quién de nosotros está dispuesto a vivir junto a las familias más pobres, a los llamados indigentes, a los jóvenes desempleados y a personas excluidas y discapacitadas, a aquellos que duermen en las calles o viven en mediaguas?. Las relaciones con aquellos que hoy viven en exclusión si son equivocadas pueden dañarlos aún más, por ejemplo si éstas parten de la invalidación o apropiación del otro los llevaríamos a una miseria aun mayor, es necesario que este vinculo se modele en la justicia, el respeto y la gratitud, “los pobres son nuestros maestros” repetía San Gregorio y es por lo tanto en esa relación donde más nos aproximamos al Señor.
Por último todo lo anterior tiene un impacto en el día a día de cada uno de nosotros, en la manera en que nos comportamos, por ello cabe cuestionarnos permanentemente sobre el ¿cómo ponemos en práctica en nuestra vida ordinaria esta mirada y vínculo con los más marginados, qué lenguaje utilizamos, cuál es la proximidad que tenemos y qué tipo de acciones comprometemos ?, ¿cómo es nuestro estilo de vida, las prioridades de consumo y los criterios de justicia?, hablamos mucho de desigualdad pero ¿estamos dispuestos a pagar mayor cantidad de tributos y a retribuir salarialmente con justicia renunciado a beneficios que hoy personalmente obtenemos los más poderosos y ricos o esperamos que otros tomen la iniciativa?. La práctica de la justicia, el realizar un trabajo por una sociedad más equitativa y que genere oportunidades igualitarias para que las personas libremente puedan crecer y progresar, es una tarea constante frente a la cual no es posible actuar a medias ni por momentos desentenderse, requiere que a la indignación y sentido del escándalo ante la miseria y la exclusión de muchos actuemos decididamente con un compromiso vital.
Es por ello que para caminar con cierta seguridad por esta senda es bueno reflexionar acerca del ‘sentido del pobre’ (Padre Hurtado), es imposible optar por los más abandonados y marginados sin perder privilegios y renunciar a bienes, a oportunidades y a beneficios particulares, sin despojarse de aquello que nos aliena, que nos invade con prejuicios y con discriminaciones ofensivas, y que muchas veces se viste de una seguridad aparente impidiéndonos ser justos y escuchar al Señor. Hay una profunda necesidad de conversión para que las miradas, relaciones y prácticas hacia los más abandonados se carguen de dignidad.
Es así como la maravillosa labor profética a la que somos invitados cada uno por el Dios sólo es posible en el vínculo con él y ese vínculo llega a ser privilegiado, claro y profundo, cuando nace de la cercanía, proximidad y vida en común junto a quienes más sufren, sólo así es posible hablar de dignidad común, de hermandad y de verdadera comunidad en el Señor. Escucharlos, verlos y sentirlos es un buen inicio para trabajar con ellos por la recíproca inclusión, por la denuncia de sus dolores, injusticias y abusos, pero también por el anuncio de su dignidad y por la puesta en práctica de un compromiso real con la justicia social. La contemplación nos debe llevar inevitablemente a la gozosa entrega a los demás, “darse es cumplir justicia, el que se da crece” nos repetía el Padre Alberto Hurtado sj. Demos inicio a un gran movimiento social que ponga en el centro de sus preocupaciones las injusticias a las cuales son sometidos los más excluidos y pobres de nuestra sociedad, para que esta tarea se manifieste con pasión en nuestras vidas es urgente que desarrollemos el ‘sentido social’, el mismo San Alberto sj nos decía que “quien tiene sentido social comprende perfectamente que todas sus acciones repercuten en los demás hombres, que producen alegría y dolor y comprende, por tanto, el valor solemne del menor de sus actos…El sentido social es aquella cualidad que nos mueve a interesarnos por los demás, a ayudarlos en sus necesidades, a cuidar de los intereses comunes”. El mundo requiere hoy más que nunca ‘ponernos en el lugar’ de quienes más sufren.
El Papa Benedicto XVI instaba a los jesuitas a que dedicaran sus vidas a permanecer en esas fronteras del dolor y la injusticia “para testimoniar y ayudar a comprender que existe una armonía profunda entre fe y razón, entre espíritu evangélico, sed de justicia y laboriosidad por la paz. Sólo así será posible dar a conocer el verdadero rostro del Señor a tantos para los que éste permanece hoy oculto o irreconocible”. Estamos también los laicos -que nos nutrimos de esta espiritualidad- convocados a seguir esta misma senda vocacional, de entrega y servicio.
